Los bandos
Quien se va
Baraja propia
Naranja pálido
El clero se adapta
La grieta que gobierna
El problema no es la diferencia, sino la incapacidad de gobernarla. Todo gabinete contiene tensiones; lo anómalo es que dejen de procesarse como decisiones y empiecen a exhibirse como fracturas. Cuando los propios integrantes dejan ver la ausencia de concordia y la operación de grupos con agendas paralelas, el asunto deja de ser político y se vuelve institucional: la coordinación cede, la jerarquía se diluye, la ejecución se vuelve errática. El Ejecutivo no es un foro de persuasión ni un experimento pedagógico; requiere disciplina, método y un mínimo de espíritu de cuerpo que hoy parece ausente. En clave electoral, la lealtad se vuelve cálculo y el cálculo, facción: cada quien empuja, nadie articula. Así, el gobierno deja de gobernar y empieza a administrarse. Y la administración del propio desorden siempre termina en lo mismo: parálisis ocupada por otros.
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Con boleto en mano
El gabinete no solo se deshilacha; también hace maletas. Al menos un par —quizá terminen siendo tres o cuatro— ya no están del todo aquí: andan con un pie en la oficina y el otro en la boleta. La ambición es legítima; lo dudoso es ejercer el cargo como antesala. Se les nota en la prisa selectiva, en la agenda que huele a territorio y en la decisión pensada para la foto. Así, el equipo se vuelve antesala y la gestión, trámite de salida. Cada quien cuida su equipaje, nadie la casa. Y cuando el poder se ejerce mirando la puerta, lo que queda adentro empieza a vaciarse.
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Baraja propia
En Nicolás Romero el asunto es simple: Armando Navarrete ya juega su propio juego rumbo a 2027. No es improvisado; fue construido políticamente por Daniel Serrano y terminó rompiendo con él, como suele ocurrir cuando el alumno decide que ya no necesita maestro. Hoy, ese mismo método se replica: movimientos para desplazar, desgaste contenido y construcción de alternativa frente a la alcaldesa Yoselin Mendoza, que deja de ser aliada para convertirse en variable. No hay ruptura abierta, hay cálculo. Porque en política local, la lealtad rara vez sobrevive al calendario.
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Naranja pálido
Movimiento Ciudadano gobierna apenas 8 de 125 municipios en el Estado de México. El dato define su tamaño: marginalidad territorial. Donde gobierna, no hay modelo ni referencia; hay administraciones que no terminan de cuajar, con conflictos internos y operación débil. El partido que presume frescura en lo nacional, aquí ensaya. Y ensayar en gobierno suele salir caro: baja eficacia, poca consistencia y nula capacidad de marcar pauta. Ser pocos no condena; no destacar, sí.
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El clero se adapta
En el Edomex, el clero político no desaparece: se transforma. Y no es el único. Al interior de la Iglesia católica local también ha permeado una lectura distinta: volver a colocar a los pobres en el centro como condición de sentido. No hay ruptura, hay adaptación. La llegada de Morena no provocó resistencia frontal, sino digestión del cambio: acompañar sin confrontar, interpretar sin estridencia. No es adhesión ideológica, es supervivencia institucional. Las jerarquías que perduran no son las que se aferran, sino las que entienden el tiempo. Y en el Edomex, entender el tiempo es seguir cerca del poder.
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