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Edo. de México

Ciudad Torá: judíos hacia Ixtapan

Editorial
ciudad tora ixtapan jiDjC5

Ciudad Torá, el proyecto para edificar una ciudad destinada a familias judías ortodoxas en el corredor Tonatico–Ixtapan de la Sal, plantea una intervención urbana de gran escala —cerca de 259 hectáreas, equivalentes a una milla cuadrada— sin que exista, hasta ahora, evidencia pública de autorización de Impacto Estatal, permisos integrales de desarrollo urbano ni ejecución material verificable. Ese es el dato central: no se trata solo de una comunidad religiosa anunciada, sino de una ciudad proyectada que no aparece con claridad en los registros donde tendría que estar.
La primera piedra se colocó en 2021. Desde entonces, el proyecto fue presentado como una ciudad integral: viviendas, centros de estudio religioso, yeshivot, kolelim, espacios rituales, áreas deportivas, albercas, spa, gimnasio, jardines y servicios comunitarios para vivir conforme a la Torá. No es, por definición, un fraccionamiento convencional. Es una unidad urbana cerrada, pensada para albergar a miles de familias judías ortodoxas de México y de otros países de América Latina. En lenguaje simple: una ciudad religiosa, comunitaria y selectiva. 
La ubicación no es menor. Tonatico e Ixtapan de la Sal forman parte de una región turística, tradicional y de baja densidad, situada a menos de dos horas de Toluca. Ixtapan tiene una larga vocación de balnearios, hotelería y segunda residencia; Tonatico conserva una estructura municipal más pequeña, con economía local, vida comunitaria y fuerte identidad religiosa. Insertar ahí una ciudad de 259 hectáreas no es agregar casas: es modificar el metabolismo territorial.

La comparación más útil, guardadas todas las proporciones, no es con un fraccionamiento popular ni con una colonia nueva, sino con desarrollos urbanos privados de gran escala, como Bosque Real en Huixquilucan. La diferencia es sustantiva: Bosque Real responde a una lógica de mercado abierto, lujo inmobiliario y urbanización empresarial; Ciudad Torá responde a una lógica de comunidad cerrada, identidad religiosa y vida normativa interna. Una vende estatus. La otra vende pertenencia.
En términos sociológicos, el proyecto opera como enclave: alta cohesión interna, baja integración externa, reglas comunitarias fuertes y capacidad de organizar la vida cotidiana desde una autoridad simbólica propia. Hay precedentes en comunidades ortodoxas de Estados Unidos, asentamientos religiosos en Israel y colonias mormonas históricas. En todos los casos, el territorio no solo aloja población: reproduce un orden moral.
Por eso la palabra “teocrática” debe usarse con cuidado, pero no evadirse. Ciudad Torá no sería un Estado religioso ni una entidad política autónoma. Pero sí proyecta una forma urbana confesional: un espacio donde la vida social, educativa, familiar, ritual y comunitaria se ordena alrededor de una norma religiosa. El problema no es la fe; el problema es qué ocurre cuando esa fe se vuelve principio de urbanización en un territorio público, con recursos comunes y autoridades municipales silenciosas.
Los actores visibles permiten leer la arquitectura del proyecto. Moisés Shemaria aparece como promotor y articulador comunitario; el rabino Yosi Tawil como legitimador simbólico; Abraham Mizrahi como financiador inicial, fallecido en 2022; Roberto Elías como rostro técnico del trazo urbano; y Oswaldo Gómez Tovar como una figura gris, de operación local, cuya relevancia no está en el reflector sino en la posible intermediación territorial. En el Estado de México, los operadores discretos suelen ser más elocuentes que los voceros.
La muerte de Mizrahi en 2022 no es un dato lateral. En proyectos de capital cerrado, donde la confianza comunitaria y los nodos privados de financiamiento pesan más que los mecanismos bancarios abiertos, la desaparición de un financiador puede alterar ritmo, mando, propiedad y viabilidad. Desde entonces, la huella pública de avance material es escasa. No prueba cancelación; sí sugiere congelamiento, reconfiguración o espera estratégica.
El vacío administrativo es todavía más relevante. Un proyecto de esa magnitud tendría que pasar por evaluación de Impacto Estatal, dictámenes urbanos, ambientales, hídricos, de movilidad, densidad y compatibilidad territorial. No es una cortesía burocrática; es la frontera entre proyecto y legalidad. Hasta ahora, no hay evidencia pública clara de que la Comisión de Impacto Estatal haya evaluado Ciudad Torá ni de que exista un resolutivo conocido con condicionantes técnicas.
Ese silencio pesa más porque los terrenos se ubican entre Ixtapan y Tonatico, dos municipios que tampoco han explicado públicamente el estatus del proyecto. No hay postura clara de cabildo, ni informe municipal, ni cronograma, ni deslinde. En política territorial, callar también es actuar. A veces el silencio es ignorancia; a veces es cálculo; a veces es permiso tácito. Qué cómodo el mutismo cuando el territorio empieza a moverse.
La región tampoco es neutra. Ixtapan de la Sal ha sido históricamente un espacio donde el desarrollo turístico, el agua, la tierra y la urbanización han estado mediados por élites locales, particularmente por la familia San Román, vinculada durante décadas al control económico y político de la zona. No hay prueba pública de que esa familia participe en Ciudad Torá. Pero sería ingenuo suponer que un proyecto de escala ciudad puede instalarse en ese corredor sin, al menos, coexistir con el orden territorial que domina la región. En política real, la ausencia de conflicto también informa.

Desde una lectura antropológica, Ciudad Torá expresa una tensión profunda: la comunidad que busca protegerse del mundo construyendo mundo propio. El espacio deja de ser simple soporte físico y se convierte en frontera moral. Adentro, identidad, seguridad, continuidad religiosa; afuera, entorno, diferencia, administración pública, municipio. El límite urbano se vuelve límite simbólico.
Desde una lectura epistemológica, el proyecto se valida hacia dentro antes que hacia fuera. Su verdad no nace del expediente estatal, sino de la confianza comunitaria. Los promotores hablan a los suyos; el Estado aparece después, si aparece. El conocimiento circula en redes cerradas, donde la fe, la pertenencia y el capital simbólico sustituyen a la transparencia pública.
Desde una lectura axiológica, el proyecto se reviste de valores legítimos: religión, comunidad, educación, seguridad, vida familiar. Pero esos valores también pueden blindar la discusión. Cuestionar permisos, agua, densidad o uso de suelo no es cuestionar la fe. Es defender la obligación mínima del Estado: ordenar el territorio conforme al interés público, no conforme al entusiasmo privado.
La tesis, entonces, es factual y estructural: Ciudad Torá no aparece hoy como una ciudad en construcción, sino como una hipótesis urbana de gran escala, con actores, narrativa, capital inicial y ambición territorial, pero sin evidencia pública suficiente de permisos, evaluación estatal ni ejecución verificable. No es una fantasía conspirativa; tampoco es una obra transparente. Es algo más mexiquense y, por lo mismo, más delicado: un proyecto de ciudad entre la promesa, el silencio y el vacío administrativo.
En el Estado de México, el suelo nunca es solo suelo. Es poder sedimentado. Y cuando una ciudad entera se anuncia, pero el expediente no aparece, la pregunta no es si hay religión de por medio. La pregunta es quién autorizó, quién calló, quién financió, quién opera y quién terminará pagando el costo territorial.
Porque las ciudades pueden empezar con una primera piedra.Pero solo existen cuando el Estado puede explicar por qué están ahí.
La entrada Ciudad Torá: judíos hacia Ixtapan se publicó primero en AD Noticias.

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