Hace dos semanas el Instituto Nacional Electoral (INE) dio a conocer los resultados de su verificación trianual de padrones de afiliados de los partidos políticos en el país. Creo que no debemos verlo como un simple conteo de militantes, sino que nos permite deslizar algunas hipótesis sobre la transformación de forma en que se articula la representación política en México.
Los números son estos: actualmente, Morena concentra cerca de 11.6 millones de afiliados válidos. Eso significa casi 80% del total. El resto se reparte de manera desigual entre el Partido Verde (con poco más de un millón), el PRI (800 mil), el PT (casi 600 mil), el PAN (366 mil) y Movimiento Ciudadano (318 mil). Lo primero que dicen estos números es que apenas 14% de la ciudadanía en edad de votar aparece registrada en algún padrón partidista.
En una segunda lectura, las cifras nos reflejan un desplazamiento de largo alcance: la representación política mexicana se está alejando del modelo de partidos como organizaciones de afiliados. Y esto no obstante que Morena tiene actualmente el mayor número de afiliados que cualquier partido político haya tenido desde que existe el registro ante un organismo como el INE. Inclusive el PRI, en sus mejores tiempos sólo llegó a reportar 10 millones de afiliados, que tras una depuración quedó en 6 millones por ahí de principios del presente siglo.
Entonces, ¿qué modelo se configura si ya no es el de representación política a través de partidos políticos? Los datos indican que vamos en la ruta de vehículos electorales centrados en líderes, coaliciones instrumentales y comunicación mediática. En este nuevo escenario, los padrones masivos de un solo partido tienden a funcionar más como maquinaria de movilización que como espacio de deliberación y agregación genuina de intereses.
El partido de masas, en su versión ideal, no solo competía por votos: construía identidades, formaba cuadros y generaba cierto grado de control ciudadano sobre las élites. Todos eso parece que se ha terminado.
Durante décadas, la teoría y la práctica democrática atribuyeron a los partidos un papel central como mediadores. Se esperaba que fueran organizaciones densas, con bases relativamente activas, capaces de reclutar, socializar, deliberar internamente y traducir demandas sociales en propuestas colectivas. El partido de masas, en su versión ideal, no solo competía por votos: construía identidades, formaba cuadros y generaba cierto grado de control ciudadano sobre las élites. Todos eso parece que se ha terminado.
La baja afiliación global y la concentración extrema en un solo partido indican que la mayoría de los ciudadanos se relaciona con la política de manera más fluida, episódica y personalizada. Dicho en otras palabras, los mexicanos se interesan y participan en política sin pasar por la membresía formal ni por la vida partidaria cotidiana. Su involucramiento en procesos político-electorales cada vez más pasa por la identificación con un líder, por la adhesión a una coalición de gobierno o de oposición, o por la exposición constante a mensajes mediáticos y digitales.
En este contexto, el gran padrón de casi 12 millones de afiliados a Morena puede ser, ante todo, una infraestructura de movilización: redes territoriales, operadores locales, capacidad de “organizar” votantes el día de la elección y de sostener una presencia permanente en el espacio público. Es una gran máquina que puede echarse a andar durante las campañas y los comicios. En contraste, los partidos de la actual oposición, que han pedido dramáticamente militantes, carecen de este aparato y tiene que ir la contienda apostando por líderes carismáticos (que, por lo menos a nivel nacional, no tienen), por coaliciones (que a veces no suman sino restan) o por los mensajes mediáticos y digitales (donde la guerra sucia es la base).
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Este desplazamiento tiene consecuencias directas para la calidad de la representación. En primer lugar, debilita la agregación de intereses. Cuando el partido deja de ser un espacio donde se confrontan visiones, se negocian diferencias y se construyen síntesis programáticas, la representación tiende a volverse más vertical. Los intereses se expresan a través de la identificación con una figura o mediante la redistribución de recursos, más que mediante procesos colectivos de deliberación. El ciudadano se convierte con mayor facilidad en simpatizante o cliente que en militante con voz propia. La heterogeneidad de una base tan amplia como la de Morena, lejos de enriquecer el debate interno, puede reforzar la lógica de control y de reparto de espacios entre facciones y grupos de poder.
En segundo lugar, se difumina la rendición de cuentas. En un sistema centrado en líderes y coaliciones fluidas, resulta más difícil para la ciudadanía atribuir responsabilidades de manera clara y sostenida. El partido como organización pierde peso como actor autónomo capaz de exigir y de ser exigido. La lealtad se dirige hacia la figura principal o hacia el bloque gobernante, y no necesariamente hacia una estructura institucional con reglas internas transparentes y mecanismos de control horizontal.
En tercer lugar, se profundiza una asimetría de representación. Mientras un bloque dispone de una potente maquinaria de afiliados movilizables, las fuerzas opositoras operan con estructuras mucho más frágiles. El PRI ilustra de manera casi paradigmática el círculo vicioso de la erosión organizativa: pérdida de bases, menor capacidad de reclutamiento, menor atractivo para nuevos cuadros y, finalmente, mayor debilidad estructural. El PAN y Movimiento Ciudadano enfrentan dilemas similares de personalismo y escasez de militancia activa. El resultado no es solo una competencia electoral desigual; es una capacidad desigual para ofrecer representaciones alternativas de los intereses sociales de manera continua, no solo en periodos de campaña.
Los padrones masivos pueden garantizar presencia territorial y capacidad operativa, pero no garantizan por sí mismos que esos afiliados tengan voz real en la definición de rumbos políticos.
Este fenómeno no es exclusivo de México. En muchas democracias contemporáneas se observa el declive de la militancia tradicional, el auge del personalismo y la mediatización de la política. La diferencia mexicana radica en la magnitud de la concentración y en la velocidad con que se ha producido el reacomodo. Un solo partido acumula una base formal que multiplica varias veces la de todos sus competidores juntos. Eso le otorga una ventaja organizativa significativa, pero también genera dilemas internos de control, cohesión y renovación. Al mismo tiempo, deja a la oposición con estructuras demasiado delgadas para sostener una vida partidaria robusta y para renovarse desde abajo.
La pregunta que podemos hacernos hoy, cuando ya estamos de nueva cuenta en medio de un proceso electoral, que terminará en junio del próximo año y en donde se renovarán muchos cargos políticos es: ¿qué tipo de democracia y de participación política se está consolidando? Mi hipótesis es que se trata de una democracia en la que los partidos funcionan principalmente como vehículos electorales y maquinarias de movilización, que puede ser competitiva en las urnas y capaz de generar mayorías claras. Sin embargo, corre el riesgo de empobrecer los espacios de mediación, de deliberación y de construcción colectiva de preferencias.
Lo que yo veo es que la participación ciudadana tiende a polarizarse entre la movilización intensiva en momentos electorales y la pasividad o el desapego en el resto del tiempo. Los padrones masivos pueden garantizar presencia territorial y capacidad operativa, pero no garantizan por sí mismos que esos afiliados tengan voz real en la definición de rumbos políticos.
En suma, los datos que ha revelado el INE nos confrontan con una realidad cada vez más clara: la representación política mexicana se está reconfigurando. Morena se ha armado con una gran maquinaria de movilización electoral, pero la oposición le está apostando a dominar la opinión pública a partir de mensajes mediáticos y digitales cargados de desinformación polarización, mentiras, calumnias y apoyados por modelos algorítmicos que ya dieron resultado en otros países. 2027 será la prueba de qué aparato da más resultados.
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