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Sobre la era del descarte

Aunque es algo difícil, trate de imaginar cinco mil millones de smartphones. ¿Lo logró? Ahora piense que esa es la cantidad de dichos aparatos que se desechan en el mundo cada año. Se trata, sin duda, de un mar de residuos electrónicos. Y no son los únicos desechos de este tipo. Las estimaciones más recientes ubican en 62 millones de toneladas de basura electrónica. O sea, el equivalente al peso de 10 millones de elefantes, que es el animal terrestre más pesado del planeta.

Todo lo tiramos a la basura, lo reemplazamos sin pensarlo dos veces y seguimos con nuestra vida como si este comportamiento fuera completamente normal.
Hemos normalizado lo desechable.

Aunque poco nos detenemos a pensar en ello, todos desechamos cada día (y sin el menor pudor) celulares que todavía encienden, lavadoras que se siguen pagando en abonos chiquitos, ropa que se deforma o deshace tras un par de lavadas, muebles que se rompen con el uso normal, electrodomésticos que dejan de funcionar y hasta  servicios digitales que prometen eficiencia pero entregan frustración constante. Todo lo tiramos a la basura, lo reemplazamos sin pensarlo dos veces y seguimos con nuestra vida como si este comportamiento fuera completamente normal. Pero no lo es. Al menos no lo era hace una o dos generaciones. Nuestros padres y abuelos mandaban a reparar los zapatos, las sillas, la televisión, la ropa, etc. No era era tan fácil deshacerse del auto de la familia o de la lavadora de mamá. Hoy sí. Hemos normalizado lo desechable.
Esta práctica hoy toca a casi todo lo que consumimos. Se trata de un proceso en el que productos, servicios y hasta plataformas comienzan ofreciendo valor real para atraer a las personas, pero poco a poco priorizan las ganancias a corto plazo, degradando calidad, durabilidad y experiencia de usuario. Lo que antes era excepción —la obsolescencia prematura— se ha convertido en la regla.
A escala global, las evidencias pintan un panorama poco alentadir. Se estima que el 99% de los productos que compramos están diseñados para volverse obsoletos antes de su tiempo útil potencial. Como lo referíamos al inicio, el WEEE Forum (International Waste Electrical and Electronic Equipment Forum), en colaboración con datos del Global E-waste Monitor, estimaron que para 2022, más de 5 mil millones de smartphones terminaron como residuos electrónicos, contribuyendo a los 62 millones de toneladas de basura electrónica generada ese año en todo el mundo, un aumento del 82% respecto a 2010. Las proyecciones indican que esta cifra podría crecer otro 32% para 2030. 

México se ubica en el top ten de países generadores de desechos electrónicos. Además, es un gran importador de bienes de bajo costo

No es difícil señalar que, si pudiéramos extender la vida útil de electrodomésticos, vehículos y dispositivos electrónicos solo en un 50%, los ahorros para los consumidores serían millonarios. México se ubica en el top ten de países generadores de desechos electrónicos. Además, es un gran importador de bienes de bajo costo (muchos de Asia), donde es común el quality fade (reducción gradual de calidad para bajar precios). Llegan por millones las piezas de ropa, calzado, accesorios, juguetes y un larguísimo etcétera. Casi todos terminarán en la basura más temprano que tarde.
Esto no es un detalle económico; es la prueba de que vivimos en una economía del descarte, donde fabricar productos duraderos se considera “mal negocio”. Este fenómeno tiene raíces históricas y comenzó, quizá, con la reducción deliberada de la la vida de los focos. Luego siguió la obsolescencia programada en la industria automotriz y electrónica moderna. Y es que las empresas han aprendido que vender más unidades genera más ingresos que vender productos eternos. Hoy el diseño de nuevos productos se basa en la degradación gradual y silenciosa de materiales y procesos de fabricación. Hay un diseño intencional de piezas no reparables. Y si nos vamos al mundo digital, nos podemos dar cuenta lo que pasa con las plataformas digitales: redes sociales, marketplaces y apps que empeoran año tras año con más publicidad, algoritmos manipuladores y barreras para el usuario.
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No hace falta sino detenerse un poco y mirar: somos un país importador neto de bienes de consumo, muchos de ellos producidos bajo estándares de costo mínimo. La saturación de productos baratos provenientes de Asia ha inundado mercados, bazares y plataformas en línea con artículos cuya durabilidad es francamente precaria.
Las estadísticas oficiales de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) son un termómetro de esta realidad. En reportes recientes, los sectores que más quejas concentran son las Telecomunicaciones, con el 34% del total de inconformidades. Los consumidores se quejan constantemente de fallas en el servicio, velocidades que no cumplen lo contratado, aumentos unilaterales de precios y contratos no solicitados. También destacan las quejas contra tiendas departamentales, que representan el 16% de las quejas. 
El comercio electrónico y las grandes cadenas de autoservicio también acumulan un porcentaje significativo de las quejs ante la Profeco (entre 8% y 14% según periodos), con reclamos frecuentes por productos defectuosos, incumplimiento de promociones, entrega de mercancía dañada y negativas a realizar cambios o devoluciones. Además, se ha registrado un incremento del 21.3% en quejas relacionadas con productos o servicios no solicitados, una práctica especialmente agresiva que afecta la economía de los hogares.
Lo que muchos preferimos no ver es que gran cantidad de cosas que desechamos termina en tiraderos a cielo abierto o en circuitos informales de reciclaje, con graves consecuencias ambientales y de salud pública por la liberación de metales pesados. Y seguimos comprando y desechando. En un mercado donde el precio es el principal factor de decisión, las empresas reducen costos de materiales, simplifican procesos de control de calidad y diseñan productos difíciles de reparar. Todo va a la basura.

Vivimos una cultura del descarte que normaliza el desperdicio y erosiona el valor del trabajo bien hecho.

Las consecuencias son múltiples. En lo estrictamente económico, los hogares gastan más dinero a lo largo del tiempo en reemplazos constantes. En los efectos ambientales, resalta que hay una mayor extracción de recursos, más contaminación y montañas de basura. Pero en lo personal, a nivel pscicológico es poco probable deshacerse de esa sensación permanente de frustración y desconfianza hacia las marcas y productos. Pero a nivel social la consecuencia es profunda: vivimos una cultura del descarte que normaliza el desperdicio y erosiona el valor del trabajo bien hecho.
Históricamente, la humanidad ha pasado por eras definidas por grandes transformaciones: la Revolución Industrial, la era nuclear, la digital. La de hoy (que algunos llaman El Merdoceno) podría ser la primera era definida no por lo que construimos, sino por lo que degradamos. Es la era en la que la abundancia de cosas baratas coexiste con la escasez de cosas buenas.
Sin embargo el Merdoceno no tiene por qué ser el destino final ¿O sí? ¿Usted qué piensa?
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