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Edo. de México

La derecha del dolor

Editorial
ultraderecha elecciones 2027 mexico Iym6Uw

Hubo un tiempo en que las elecciones se ganaban convenciendo ciudadanos. Hoy comienzan a ganarse conquistando emociones. La política dejó de disputarse únicamente en las plazas públicas para trasladarse a un territorio mucho más íntimo y mucho más peligroso: la pantalla de un teléfono celular.
Ésa es la verdadera revolución política del siglo XXI.
No la inteligencia artificial.
No las redes sociales.
No los algoritmos.
La verdadera revolución consiste en que, por primera vez en la historia, millones de personas reciben una realidad distinta, diseñada específicamente para ellas. Cada ciudadano habita un universo informativo diferente. Cada pantalla muestra un mundo distinto. Y cuando desaparece una realidad compartida, también comienza a desdibujarse la democracia.
La ultraderecha comprendió ese cambio antes que nadie.
Mientras la izquierda seguía gobernando instituciones, la nueva derecha aprendía a gobernar conversaciones. Mientras unos administraban presupuestos, los otros administraban emociones. Mientras unos discutían políticas públicas, los otros construían relatos capaces de producir miedo, indignación y resentimiento.
No conquistaron primero los gobiernos.
Conquistaron la imaginación colectiva.
Por eso el avance de la ultraderecha no debe leerse como una simple sucesión de victorias electorales. Es el resultado de una transformación mucho más profunda: la política dejó de organizarse alrededor de los hechos y comenzó a organizarse alrededor de las percepciones. La verdad perdió velocidad frente a la mentira. La evidencia dejó de competir con los datos falsos para competir con los algoritmos. Y los algoritmos no premian la verdad. Premian aquello que provoca mayor reacción.
La mentira cambió de naturaleza.
Antes necesitaba parecer verdadera.
Hoy le basta con hacerse viral.

Donald Trump entendió antes que muchos políticos que la indignación genera más participación que la serenidad. Comprendió que una sociedad permanentemente enojada permanece conectada. Su éxito no consistió únicamente en conquistar la presidencia de Estados Unidos. Consistió en demostrar que la política podía convertirse en un espectáculo permanente donde cada declaración incendiaria desplazaba cualquier discusión de fondo. El migrante dejó de ser una persona para convertirse en amenaza. El adversario dejó de ser un competidor para transformarse en enemigo. La verdad dejó de ser indispensable. Bastaba dominar la conversación.
Jair Bolsonaro utilizó el mismo método en Brasil. No necesitó elaborar un proyecto intelectual sofisticado. Le bastó convertir el resentimiento en identidad política. La pandemia se transformó en batalla ideológica, la protección ambiental en obstáculo para el desarrollo, los pueblos indígenas en estorbo económico y la prensa crítica en enemigo interno. La confrontación permanente sustituyó al diálogo. El conflicto dejó de ser una consecuencia de la política para convertirse en su principal herramienta.
Javier Milei representa otra variante del mismo fenómeno. Su mayor innovación no fue económica. Fue comunicacional. Comprendió que en la era digital una motosierra comunica más que un programa de gobierno de doscientas páginas. Transformó una metáfora en identidad política. Hizo del ajuste un acto de rebeldía. Convenció a millones de argentinos de que el sufrimiento presente era el precio inevitable de una futura libertad económica. La política dejó de explicarse con argumentos; comenzó a venderse mediante símbolos.
No es casual que ese mismo método se haya extendido por el continente. José Antonio Kast ganó en Chile prometiendo orden, identidad y mano dura. Daniel Noboa consolidó en Ecuador un modelo donde la seguridad desplazó buena parte de la conversación pública sobre derechos. Santiago Peña mantuvo en Paraguay la larga hegemonía conservadora. José Raúl Mulino gobierna Panamá con un discurso centrado en orden, inversión y autoridad. Nayib Bukele convirtió a El Salvador en el paradigma regional de la seguridad por encima de las garantías individuales. Laura Fernández llevó a Costa Rica hacia una derecha populista que promete enfrentar el crimen y reducir el peso del Estado. Nasry Asfura recuperó Honduras para la derecha con respaldo abierto de Trump. Abelardo de la Espriella acaba de conquistar Colombia con una campaña inspirada en Trump, Milei, Bukele y Bolsonaro. Bolivia, después de dos décadas de predominio del MAS, giró hacia un proyecto de centro y mercado con Rodrigo Paz. Uruguay, con el regreso del Frente Amplio, aparece como una excepción democrática en medio del péndulo regional.
No son historias aisladas.
Son capítulos de un mismo relato.
Cambian las banderas.
Cambian los acentos.
Cambian las biografías.
No cambia el método.
La ultraderecha no exporta ideas.
Exporta un algoritmo político.
Fabricar un enemigo.
Simplificar problemas complejos.
Desprestigiar a la prensa.
Ridiculizar el conocimiento.
Convertir toda crítica en persecución.
Prometer soluciones inmediatas.
Gobernar desde la indignación.
Y repetir el ciclo todos los días.
Por eso la nueva ultraderecha ya no puede entenderse únicamente como una corriente conservadora. Tampoco basta describirla como neoliberal. Estamos frente a otra forma de ejercer el poder. El viejo capitalismo necesitaba controlar fábricas, bancos o recursos naturales. El nuevo poder necesita controlar algo mucho más valioso: nuestra atención.
Durante siglos la riqueza perteneció a quien poseía la tierra. Después pasó a manos de quienes dominaron la industria. Más tarde se concentró en las finanzas. Hoy comienza a desplazarse hacia quienes administran datos, plataformas, algoritmos y tiempo mental. Algunos pensadores llaman a esta nueva etapa tecnofeudalismo. El concepto puede discutirse. El fenómeno ya está ocurriendo.
La mercancía más importante del siglo XXI no es el petróleo.
Es la atención humana.
Quien controla la atención termina influyendo sobre las emociones. Quien administra las emociones termina moldeando las decisiones políticas. La democracia entra entonces en un terreno desconocido. Ya no basta manipular la información. Ahora es posible diseñar entornos completos donde millones de personas creen haber llegado libremente a una conclusión que, en realidad, fue cuidadosamente inducida.
Ésa es la verdadera victoria de la ultraderecha.
No haber convencido a las mayorías.
Haber conseguido que millones crean que llegaron solos a las conclusiones que alguien diseñó para ellas.
Frente a esa maquinaria, la izquierda ha cometido un error histórico. Pensó que bastaba gobernar relativamente bien. Supuso que los resultados hablarían por sí mismos. Descuidó la batalla cultural. Dejó vacíos los espacios donde hoy se forman las percepciones. Mientras discutía presupuestos, otros construían comunidades digitales. Mientras administraba programas sociales, otros aprendían a producir emociones.
Por eso la ultraderecha avanza.
No porque siempre tenga mejores respuestas.
Sino porque hace mejores preguntas.
Porque comprende mejor el miedo que muchos gobiernos comprenden la esperanza.
Pero sería intelectualmente deshonesto atribuir toda la responsabilidad al adversario. Buena parte del crecimiento de la ultraderecha nace de los errores de la propia izquierda. Cada acto de corrupción tolerado, cada dirigente soberbio, cada funcionario incapaz, cada privilegio injustificable, cada promesa incumplida, alimenta exactamente el discurso que la derecha necesita para presentarse como alternativa.
La historia latinoamericana enseña una lección incómoda. La derecha casi nunca regresa únicamente por sus aciertos. Generalmente vuelve porque la izquierda deja de representar la esperanza.

México no es inmune a esta transformación.
Las elecciones de 2027 no se decidirán solamente por programas de gobierno. También se disputarán en TikTok, Facebook, Instagram, YouTube, WhatsApp y las plataformas que todavía ni siquiera imaginamos. La conversación digital será tan importante como la plaza pública. Quien domine la atención tendrá una ventaja decisiva.
La oposición mexicana observa con atención el manual internacional. Algunos de sus dirigentes intentarán reproducir la estética del conflicto permanente, la simplificación de los problemas, la política convertida en espectáculo y la indignación como estrategia de movilización. Sería un error subestimarlos.
En ese contexto debe leerse el nuevo intento panista de relanzarse alrededor de tres palabras: patria, familia y libertad.
No hay nada reprochable en esas palabras.
Al contrario.
La patria merece defenderse.
La familia merece protegerse.
La libertad merece ampliarse.
El problema comienza cuando esos conceptos dejan de ser valores comunes para convertirse en herramientas de exclusión; cuando la patria sólo pertenece a quienes piensan igual; cuando la familia se utiliza para negar derechos; cuando la libertad significa libertad para el dinero, pero no para la igualdad.
La democracia nunca debería obligarnos a escoger entre patria, familia, libertad o justicia.
El verdadero desafío consiste en construir un país donde todas puedan convivir.
En el Estado de México, sin embargo, la derecha presenta una peculiaridad.
No parece haber construido todavía una doctrina.
Ha construido intereses.
Su principal fortaleza no es intelectual.
Es patrimonial.
En buena medida, el grupo político articulado alrededor de Enrique Vargas y Romina Contreras; el proyecto encabezado por Fernando Flores e Iraí Albarrán; el de Pedro Rodríguez y Patricia Arévalo; así como el viejo aparato priista representado por Alejandro Moreno, Cristina Ruiz Sandoval y Elías Rescala, expresan una tradición donde el poder suele entenderse menos como una responsabilidad pública que como un espacio de influencia, continuidad política y preservación de redes.
No es una derecha movida por grandes debates filosóficos.
Difícilmente podría reconocerse en Edmund Burke o Friedrich Hayek.
Su verdadero combustible parece ser mucho más antiguo.
El patrimonialismo.
La convicción de que el poder puede heredarse, administrarse como patrimonio de grupo y convertirse en una plataforma para conservar privilegios.
No es la sofisticada ultraderecha algorítmica que hoy conquista sociedades mediante manipulación digital, guerra cultural y control emocional de las audiencias.
Es una derecha profundamente local.
Una derechita mexiquense.
Más cercana a las viejas debilidades humanas que a las nuevas revoluciones tecnológicas.
Dinero.
Prestigio.
Influencia.
Familia.
Control.
Pero sería un error monumental confiarse.
Las tecnologías terminan llegando a todos los rincones. También a la política mexiquense.
Por eso el mayor desafío no consiste únicamente en impedir el avance de la derecha o de la ultraderecha.
Consiste en construir una izquierda mucho mejor.
Más honesta.
Más preparada.
Más austera.
Más democrática.
Más inteligente.
Una izquierda que entienda que el siglo XXI ya no se gobierna solamente desde los palacios públicos, sino también desde las pantallas. Que comprenda que administrar programas sociales no basta si se abandona la batalla por las ideas. Que entienda que ningún algoritmo puede derrotar indefinidamente a un gobierno eficaz, pero que tampoco existe programa social capaz de sobrevivir eternamente a la corrupción, la mediocridad y la soberbia.
Porque el verdadero peligro para México no es que la ultraderecha exista.
Ha existido siempre.
El verdadero peligro consiste en que la izquierda olvide por qué nació.
Todas las civilizaciones terminan debilitándose cuando sustituyen la verdad por la comodidad, la ética por la conveniencia y el servicio público por la administración del poder.
La ultraderecha ofrece certezas sencillas para problemas complejos.
La democracia exige ciudadanos capaces de pensar.
Ésa será la verdadera elección de 2027.
No sólo decidir quién gobierna.
Sino decidir quién tendrá el poder de definir la realidad que millones de mexicanos creerán verdadera.
Porque cuando la patria deja de abrazar a todos, cuando la familia se convierte en trinchera ideológica y cuando la libertad deja de incluir a los más vulnerables, esas tres palabras dejan de nombrar una esperanza.
Comienzan a nombrar un proyecto de poder.
Lee también: La derecha en busca de base social
La entrada La derecha del dolor se publicó primero en AD Noticias.

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