La declaración de Anuar Azar sobre aplicar una especie de “visa política” a candidatos no debe leerse únicamente como un error discursivo. Debe interpretarse como síntoma cultural e ideológico.
Las palabras revelan estructuras mentales. Y pocas palabras resultan tan simbólicamente delicadas en México como “visa”.
Para millones de mexicanos, la visa representa subordinación histórica: revisión, sospecha, permiso condicionado, control extranjero sobre la movilidad humana nacional. Es una palabra asociada al desequilibrio de poder entre México y Estados Unidos.
Desequilibrio de poder entre México y Estados Unidos / Archivo AD Noticias
Por eso resulta tan revelador que un dirigente del PAN recurra justamente a ese concepto para hablar de democracia interna.
La metáfora exhibe una vieja pulsión de sectores conservadores mexicanos:mirar hacia afuera para validar autoridad política mientras se desconectan de las experiencias populares nacionales.
Históricamente, parte de la derecha mexicana construyó su imaginario aspiracional alrededor de modelos externos, particularmente estadounidenses. El problema aparece cuando esa admiración termina desplazando la centralidad de la soberanía popular mexicana.
La democracia deja entonces de concebirse como expresión del pueblo y comienza a entenderse como sistema de validación administrado por élites.Paradójicamente, el PAN nació defendiendo ciudadanía frente al presidencialismo autoritario. Hoy algunos de sus dirigentes parecen más preocupados por controlar acceso que por ampliar representación.
El problema no es sólo semántico.Es político.
Porque cuando un partido empieza a hablar de “visas” para mexicanos dentro de la propia democracia mexicana, quizá lo que realmente está revelando es su distancia emocional, cultural y política respecto del país profundo.Ese país que no pide permiso para existir.
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