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La soledad de Delfina

Toda forma prolongada de poder termina conduciendo, tarde o temprano, hacia una región silenciosa: la soledad.
No la soledad física. La otra. La más compleja. La que aparece cuando el gobernante comienza a descubrir que el poder modifica lentamente la naturaleza de las relaciones humanas. Que los afectos se vuelven cálculo. Que la cercanía empieza a depender de la utilidad. Que las lealtades suelen durar menos que las ambiciones.
La gobernadora Delfina Gómez comienza a transmitir síntomas visibles de ese desgaste. No necesariamente en el discurso, donde la política todavía exige serenidad ceremonial, sino en algo más difícil de ocultar: el lenguaje corporal, el cansancio acumulado, la erosión emocional de quien gobierna una estructura atravesada por presiones, expectativas y decepciones internas.
Todavía no llega a la mitad de su sexenio y, sin embargo, alrededor suyo ya se percibe uno de los fenómenos clásicos del poder: el adelantamiento de las disputas sucesorias.
Es un fenómeno profundamente mexicano. Mientras el gobernante administra el presente, buena parte de su entorno comienza a vivir en el futuro. Secretarios que imaginan candidaturas. Operadores que construyen pequeñas parcelas de influencia. Funcionarios consumidos por la ansiedad del siguiente cargo. Tribunas que dejan de mirar al ciudadano para comenzar a mirarse entre sí.
La política mexicana tiene un problema patológico con el tiempo: casi nadie habita el presente. Todos viven proyectados hacia el poder que viene.
Y eso termina aislando al gobernante.

Freud comprendió pronto que el ser humano rara vez actúa movido exclusivamente por principios racionales. Debajo de la superficie operan pulsiones más primitivas: deseo de reconocimiento, miedo a desaparecer, necesidad de pertenecer, ansiedad de permanencia. El poder político intensifica todas ellas. Las vuelve visibles. Las acelera.
Por eso gobernar implica convivir diariamente con la decepción.
La gran tragedia psicológica del poder no suele venir desde la oposición. El adversario externo es comprensible, incluso necesario. El verdadero desgaste nace dentro: en la deslealtad discreta, en la cortesía fingida, en la obediencia estratégica, en los colaboradores que empiezan a pensar más en sí mismos que en el proyecto que dicen acompañar.
Ahí comienza la fractura emocional del gobernante.
Max Weber escribió que toda burocracia tiende naturalmente a autonomizarse. Bourdieu explicaría después que los grupos políticos terminan disputándose entre sí el capital simbólico y territorial del poder. En términos más simples: quienes rodean al gobernante comienzan lentamente a competir entre ellos, incluso antes de que el propio poder concluya su ciclo.
Y mientras eso ocurre, el líder empieza a quedarse solo.
No porque falte gente alrededor.Sino porque escasea la sinceridad.
La antropología del poder lleva siglos observando la misma escena: las cortes producen silencios. Nadie quiere incomodar al príncipe. Todos administran cuidadosamente sus palabras. Algunos exageran elogios; otros ocultan conflictos; otros simplemente aprenden a sobrevivir burocráticamente. La verdad empieza a fragmentarse.
Derrida habría encontrado precisamente ahí la grieta más importante del discurso político: aquello que el poder deja de escuchar termina convirtiéndose en su principal vulnerabilidad.
Porque el aislamiento no sólo es emocional. También cognitivo.
El gobernante corre el riesgo de vivir rodeado de versiones editadas de la realidad.

Y entonces aparece otra dimensión todavía más humana: la tristeza.
No la tristeza melodramática. La tristeza lúcida. La de quien comprende que el poder no transforma mágicamente a las personas en seres superiores. Apenas amplifica aquello que ya eran. La mezquindad se vuelve más mezquina. La avaricia más visible. La inseguridad más agresiva. La ambición más desesperada.
Nietzsche lo resumió mejor que nadie: humanos, demasiado humanos.
El problema del poder no es el poder mismo. El poder carece de moral propia. Puede construir instituciones o destruirlas. Puede servir o servirse. Lo que verdaderamente importa es la calidad ética y emocional de quienes lo ejercen y de quienes lo rodean.
Ahí reside quizá una de las tragedias más profundas del liderazgo político contemporáneo: muchos llegan al gobierno creyendo que encontrarán compañía y terminan descubriendo apenas una compleja maquinaria de intereses.
Viktor Frankl sostenía que el ser humano puede soportar casi cualquier circunstancia si encuentra sentido en ella. Tal vez ése sea el verdadero desafío de gobernar: no perder el sentido original mientras alrededor comienzan a multiplicarse la intriga, la ansiedad de sucesión, la decepción y el desgaste humano.
Porque gobernar también implica enfrentar una verdad incómoda: el poder no elimina las fragilidades humanas. Las expone.
Y quizá por eso los grandes gobernantes no son necesariamente quienes acumulan más fuerza, sino quienes logran conservar lucidez, serenidad y propósito mientras el poder, lentamente, comienza a vaciar de autenticidad todo lo que los rodea.
Lee también: ¿Es de izquierda el Gobierno de Delfina Gómez?
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