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Edo. de México

La ultraderecha y la pretendida reconquista de México

Editorial
WEB Zh3mo7

Llegó a la Basílica de Guadalupe, se encomendó a la Virgen morena ante cámaras y flashes, y al día siguiente rindió homenaje a Hernán Cortés. La ironía sería cómica si no fuera profundamente reveladora. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid e icono de la ultraderecha española, aterrizó en México el 3 de mayo con una agenda de diez días que, en su mezcla de actos religiosos, cenas con empresarios y condecoraciones concedidas por gobernadores panistas, dibuja con nitidez la naturaleza real de su visita: una operación política de alcance transnacional al servicio de quienes en México anhelan recuperar el poder que las urnas les han negado de manera contundente.
El mapa de la visita: quién la invitó y por qué
Los datos hablan por sí mismos. Ayuso no se reunió con la presidenta Claudia Sheinbaum. No se reunió con la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada. No sostuvo ningún encuentro con autoridad federal del gobierno mexicano. En cambio, sí se sentó con la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega —quien la visitó en España el año pasado—, con el alcalde de Miguel Hidalgo, Mauricio Tabe, con el diputado federal Federico Döring, y almorzó institucionalmente con los gobernadores de Aguascalientes, Querétaro, Chihuahua y Guanajuato. Todos de oposición. Todos del PAN o sus aliados.

«¿Por qué andan presumiendo alcaldes, alcaldesas y gobernadores de la oposición fotos con ella? Pues que piensan como ella.»— Presidenta Claudia Sheinbaum, conferencia mañanera, 6 de mayo de 2026

La respuesta, que Sheinbaum dejó en el aire pero que la realidad responde sola, es que comparten su visión: que el pobre es pobre porque no trabaja, que las políticas de bienestar son populismo, que el legado colonial merece celebración y no examen crítico. Que añoran el México donde el poder se distribuía entre un puñado de familias, empresarios amigos y operadores del viejo régimen.
La presidenta de la Comunidad de Madrid recibió la Medalla de la Libertad del Congreso de Aguascalientes y las Llaves de la ciudad, todo ello «por su defensa de la Hispanidad». El ministro socialista español Óscar López calculó el costo: 300,000 euros del erario madrileño para que su presidenta se paseara por México recibiendo condecoraciones. «Pagamos los madrileños a 300,000 euros la medalla», ironizó. La Hispanidad. En México. En 2026. La lengua castellana tiene la virtud de que ciertas palabras revelan, sin quererlo, todo lo que sus portadores intentan ocultar.
«El indigenismo es el nuevo comunismo»: el insulto como programa político
No es una frase sacada de contexto ni una exageración periodística. Díaz Ayuso dijo, literalmente, que «el indigenismo es el nuevo comunismo» —lo afirmó en Nueva York en 2021 y lo ha sostenido en distintos foros—, que los movimientos que reivindican el legado de los pueblos originarios buscan «dinamitar el legado español en América» y que todo ello es una «revisión maniquea de la historia». Esas palabras no las retiró al venir a México. Las trajo consigo.
Los números del Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI dicen lo que Ayuso no quiere escuchar: en México, 23.2 millones de personas se autoidentifican como indígenas, lo que representa el 19.4% de la población total del país. No es una minoría marginal. Es casi una de cada cinco mexicanas y mexicanos. Son descendientes de las civilizaciones que Hernán Cortés —a quien Ayuso llama «padre del mestizaje»— destruyó con hierro, fuego y epidemias. Son portadores de 68 lenguas originarias vivas. Son la memoria larga de este país.
El filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel, uno de los pensadores latinoamericanos más importantes del siglo XX y fundador de la Filosofía de la Liberación, dedicó décadas a demostrar que 1492 no fue un «descubrimiento» sino un encubrimiento: el encubrimiento del Otro, de la humanidad plena de los pueblos originarios, negada y aplastada por la lógica del conquistador. Cinco siglos después, Ayuso viene a repetir exactamente esa lógica. No trae nada nuevo. Trae la misma mirada que Dussel pasó su vida entera desmontando.
Las organizaciones indígenas no tardaron en reaccionar. En un comunicado firmado por más de una docena de colectivos y movimientos —entre ellos el MPCOI, el MULT, la Conadepi y la Comunidad Tzeltal—, calificaron las declaraciones de Ayuso como de «carácter colonial» y le exigieron que pidiera perdón por la conquista, por la usurpación territorial, por el genocidio. La jefa de Gobierno Clara Brugada lo resumió sin rodeos: «La visión racista y clasista no tiene lugar ni en la ciudad ni en el país.»
El regidor panista de Metepec , Everardo Padilla, presumió orgullosamente en redes sociales su fotografía con Ayuso. La misma Ayuso que sostiene que defender la identidad indígena equivale al comunismo. El Estado de México alberga pueblos originarios mazahua, otomí, nahua, matlatzinca y tlahuica con presencia histórica profunda. Presumir esa foto no es inocente: es una declaración de principios. Dice a quién se sirve, a quién se le besa la mano y, sobre todo, a quién se está dispuesto a traicionar con tal de recuperar el poder que las urnas negaron. Son una vergüenza los lacayos de la monarquía.
La nueva Internacional Reaccionaria: redes del poder conservador global
Ayuso no vino sola, ni llegó por casualidad. Su visita se enmarca en lo que la presidenta Sheinbaum describió como una «alianza de la derecha internacional con la derecha mexicana». Detrás del espectáculo de Nacho Cano y su musical sobre la Malinche en el Frontón México, detrás de las condecoraciones de gobernadores blanquiazules, detrás de las reuniones con el empresario Ricardo Salinas Pliego, late una operación política de largo aliento: tender puentes entre la ultraderecha europea y los sectores mexicanos que no aceptan el resultado de tres elecciones consecutivas perdidas.
El Diario Red documentó una presunta operación articulada desde Honduras, a través del exmandatario Juan Orlando Hernández —procesado en Estados Unidos—, para impulsar campañas de desinformación contra gobiernos progresistas de la región. El contexto no es menor. Estamos ante un movimiento con recursos, estrategia y coordinación internacional, cuyo objetivo es revertir el giro progresista que América Latina ha vivido en este siglo.
En ese tablero geopolítico, México es el premio mayor. La economía más grande de habla hispana. El país con la frontera más larga con Estados Unidos. El gobierno que ha demostrado que es posible reducir la pobreza de manera estructural mientras se mantiene la estabilidad macroeconómica. Eso no le gusta a quienes lucraron durante décadas con el empobrecimiento sistémico de los mexicanos.
El México que Ayuso no quiere ver: once millones de razones
Mientras Ayuso recorría foros privados y ferias de provincia con discursos sobre la decadencia del socialismo, la realidad mexicana apuntaba en sentido radicalmente contrario. Más de once millones de personas han salido de la pobreza desde que comenzó el proyecto de la Cuarta Transformación, según datos del CONEVAL. Los programas de bienestar —el apoyo al Adulto Mayor, las Becas Benito Juárez, los apoyos a personas con discapacidad— han transformado la vida de millones de familias que antes eran invisibles para el Estado. La aprobación ciudadana del gobierno se ha mantenido consistentemente alta a lo largo del sexenio.
Ayuso, que en Madrid ha defendido un modelo donde la sanidad pública se privatiza por partes y los recortes al gasto social se venden como «libertad», vino a México a ofrecer ese mismo recetario. Lo hizo ante audiencias cuidadosamente seleccionadas: empresarios, políticos de oposición y una universidad de apenas tres años de fundada llamada —con no poca ironía— Universidad de la Libertad. Ante ese auditorio, pronunció su sentencia: «Del socialismo se sale.»
Lo que Ayuso llama libertad, en México tiene nombre propio: se llama el México de antes, donde los de abajo pagaban los privilegios de los de arriba. Ese México ya fue. Y ninguna visita de diez días va a devolverlo.
Los lacayos de la monarquía: la oposición que mendiga legitimidad en el extranjero
Hay algo profundamente sintomático en la forma en que los políticos de oposición mexicana recibieron a Ayuso. No con la cautela que merece quien llega a un país ajeno a hacer política. No con la sobriedad republicana que exige recibir a un representante extranjero de perfil ideológico controvertido. Sino con fotografías presumidas en redes, condecoraciones, llaves de ciudades y medallas. Con el entusiasmo del subalterno ante el patrón que viene de visita.
Morena fue directa: la visita de Ayuso constituye una «provocación e injerencia» que viola la Doctrina Estrada y los principios de no intervención consagrados en la Constitución mexicana. La presidenta del partido, Ariadna Montiel, fue taxativa: «La visita de Ayuso no es diplomacia: es provocación e injerencia.» El diputado Paulo Emilio García advirtió con precisión: «Que la gente se entere quién es la ultraderecha mexicana.»
Cabe preguntarse qué esperan a cambio los panistas, los gobernadores blanquiazules, los regidores que presumen fotos con la presidenta madrileña. La respuesta es tan antigua como el colonialismo: esperan legitimidad externa para compensar la que han perdido internamente. Esperan que el respaldo de la derecha europea les devuelva lo que tres elecciones consecutivas les quitaron. Es, en términos históricos, la misma lógica del colaboracionismo: cuando no se puede convencer al pueblo, se busca el favor del amo extranjero.
Desde la propia España, la oposición a Ayuso fue igualmente dura. Más Madrid calificó el viaje de «provocación colonialista» y recordó que el siglo XIX fue también el siglo de las independencias latinoamericanas. El PSOE lo llamó «turismo de derechas» pagado con dinero público madrileño.
Lo que la visita revela: México no está en venta
La visita de Ayuso ha tenido un efecto paradójico: en su intento de fortalecer a la derecha mexicana, ha terminado por desnudarla. Ha mostrado que su única estrategia es abrazar a interlocutores extranjeros porque en México no tienen ni el proyecto ni los votos para competir limpiamente. Sheinbaum lo expresó con precisión quirúrgica: quienes reciben a Ayuso y presumen las fotos revelan, sin proponérselo, lo que piensan, lo que quieren para México y, sobre todo, lo que representan.
Y lo que representan es la vuelta al México de los de arriba: el México donde los pueblos originarios son una amenaza ideológica en lugar de la reserva moral y cultural de la nación; donde la conquista es un legado glorioso y no un crimen que exige reconocimiento; donde la desigualdad se llama libertad y la pobreza es consecuencia natural del mercado, no producto de siglos de despojo.
Ayuso puede llevarse sus medallas y sus fotografías. Puede regresar a Madrid y presumir ante su base electoral que plantó la bandera de la hispanidad en tierra azteca. Pero los once millones de mexicanos que salieron de la pobreza no van a olvidar quiénes querían que se quedaran en ella. Y las más de sesenta millones de personas que han votado por la transformación no olvidan quiénes los traicionaron antes ni quiénes buscan hacerlo de nuevo, esta vez con bandera española.
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La entrada La ultraderecha y la pretendida reconquista de México se publicó primero en AD Noticias.

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